Thursday, August 24, 2006
Por la boca murió el pez
-Hola, Fran, flaquita, soy el Lucas. Te hablo rápido porque llamo de celular. Vas malas lenguas me dijeron que estabas en Valpo, y yo y un amigo también. Además, no tengo donde quedarme. ¿Qué te parece si nos juntamos en 20 minutos en la Plaza Sotomayor?
Este simple llamado me desconcertó por completo. Una llamada extraña, llena de misterio. Mi mente, aún con algo de ingenuidad, no se había percatado que dios había puesto en mi desviado camino un alma pecadora.
Veinte minutos después llegué a esa concurrida plaza, donde la noche pasada habían disfrutado millones de personas la música de los Carnavales Culturales.
A lo lejos, vi a un hombre, bueno, no tenía muy claro si era un hombre o una mujer. Estaba vestido(da) con un polerón fucsia fluorescente. Por su caminar descubrí que era Lucas.
Me fui acercando lentamente. De aquí hasta lo próximos 20 segundos todo resultó como una de las peores pesadillas. Quizás, el cielo se oscureció, y los rostros de las personas que pasaban frente a mí se desformaron con cada paso que daba. Todo fue una ilusión.
A un lado de Lucas, sentado en el suelo estaba Francisco. Como de costumbre, saludé cínicamente, algo que no me resulta difícil en las situaciones incómodas.
Después de engañarme con su mejor amigo, Alexis. Después de repetirme hasta el cansancio que era una alcohólica sin remedio. Después de alejarme del bendito camino de la luz. Después de dejar embarazada a una perra X estando conmigo. Después de invitarme al zoológico a un lindo paseo con la intención de practicar sus poses y movimientos animalescos conmigo. Y por último pero no menos terrible, ser el causante de estar sumida a 2 citas a la semana con el psiquiatra.
Aparece así, como si nada con cara de Feliz Año Nuevo y quiero recordar viejos tiempos contigo para celebrar. Le di un amistoso beso en la mejilla, la técnica para regresar al camino de las buenas ovejas era perdonar.
Seis horas más tarde, nos fuimos los tres, bien perfumados a buscar vida nocturna por aquellas calles, aquellos callejones del mítico Valparaíso, esas esquinas donde se ve escrito "zona de burdel". Tomamos rumbo a uno de esos bares picantes de las calles aledañas.
Tras docenas de cervezas y un par de chorrillanas, un calor invadió mi cuerpo y salimos del lugar. La adrenalina se vivía, al atravesar las calles corriendo y no caerse de la monumental escalera que con osadía nos guió a nuestra humilde habitación.
Dos colchones, tres sacos de dormir, un vodka y aquella botella de jugo Watt's boca ancha... Creo que la puerta se abrió, porque de aquí el recuerdo tiene es su alrededor nubecitas blancas:
La tía loca de la pensión dijo:
-Chiquillos, ¿cuando van a acostarse?
Una voz lejana respondió:
-Luego tía, el copete se está acabando.
El portazo hizo retumbar mi cabeza y me llevó al estado del nirvana: la puerta jamás se abrió, gente desconocida con caras desformas trataban de abrir la puerta, Me sentía como un vil animal observado por los demás. Cada movimiento era seguido por miles de ojos.
Mis ojos y mis oídos ya no podían más. La gente que observaba se marchó, y llegó la hora de dormir acompañada con unas locas ganas de vaciar la vejiga.
Traté de tranquilizarme, pero al ver a mis dos acompañantes meando en aquella botella de Watt's boca ancha, me hizo decir:
-Francisco, acércame la botella.
La tomé con mis dos manos. El plástico estaba tibio y su contenido burbujeante. Me fui a un cuartucho de aseo de la misma habitación, me subí la falda y me bajé las pantys, invoqué a todos los santos y a las fuerzas sobrenaturales para acertar en la boca ancha. Risas se escucharon.
-Oye huevón, no sé si es mi idea, pero creo que la Fran nos ha estado engañando todo este tiempo.
-Sí, parece que es hombre, huevón. Tiene mejor técnica que nosotros.
Salí radiante, con botella en mano, hasta otro aire se respiraba. Alguien lanzó la botella y su contenido por la ventana.
El secreto se guardaría para siempre, porque –como dice el refrán- “por la boca ancha muere el pez”.
Escrito por Francis "boca ancha" Villegas
Este simple llamado me desconcertó por completo. Una llamada extraña, llena de misterio. Mi mente, aún con algo de ingenuidad, no se había percatado que dios había puesto en mi desviado camino un alma pecadora.
Veinte minutos después llegué a esa concurrida plaza, donde la noche pasada habían disfrutado millones de personas la música de los Carnavales Culturales.
A lo lejos, vi a un hombre, bueno, no tenía muy claro si era un hombre o una mujer. Estaba vestido(da) con un polerón fucsia fluorescente. Por su caminar descubrí que era Lucas.
Me fui acercando lentamente. De aquí hasta lo próximos 20 segundos todo resultó como una de las peores pesadillas. Quizás, el cielo se oscureció, y los rostros de las personas que pasaban frente a mí se desformaron con cada paso que daba. Todo fue una ilusión.
A un lado de Lucas, sentado en el suelo estaba Francisco. Como de costumbre, saludé cínicamente, algo que no me resulta difícil en las situaciones incómodas.
Después de engañarme con su mejor amigo, Alexis. Después de repetirme hasta el cansancio que era una alcohólica sin remedio. Después de alejarme del bendito camino de la luz. Después de dejar embarazada a una perra X estando conmigo. Después de invitarme al zoológico a un lindo paseo con la intención de practicar sus poses y movimientos animalescos conmigo. Y por último pero no menos terrible, ser el causante de estar sumida a 2 citas a la semana con el psiquiatra.
Aparece así, como si nada con cara de Feliz Año Nuevo y quiero recordar viejos tiempos contigo para celebrar. Le di un amistoso beso en la mejilla, la técnica para regresar al camino de las buenas ovejas era perdonar.
Seis horas más tarde, nos fuimos los tres, bien perfumados a buscar vida nocturna por aquellas calles, aquellos callejones del mítico Valparaíso, esas esquinas donde se ve escrito "zona de burdel". Tomamos rumbo a uno de esos bares picantes de las calles aledañas.
Tras docenas de cervezas y un par de chorrillanas, un calor invadió mi cuerpo y salimos del lugar. La adrenalina se vivía, al atravesar las calles corriendo y no caerse de la monumental escalera que con osadía nos guió a nuestra humilde habitación.
Dos colchones, tres sacos de dormir, un vodka y aquella botella de jugo Watt's boca ancha... Creo que la puerta se abrió, porque de aquí el recuerdo tiene es su alrededor nubecitas blancas:
La tía loca de la pensión dijo:
-Chiquillos, ¿cuando van a acostarse?
Una voz lejana respondió:
-Luego tía, el copete se está acabando.
El portazo hizo retumbar mi cabeza y me llevó al estado del nirvana: la puerta jamás se abrió, gente desconocida con caras desformas trataban de abrir la puerta, Me sentía como un vil animal observado por los demás. Cada movimiento era seguido por miles de ojos.
Mis ojos y mis oídos ya no podían más. La gente que observaba se marchó, y llegó la hora de dormir acompañada con unas locas ganas de vaciar la vejiga.
Traté de tranquilizarme, pero al ver a mis dos acompañantes meando en aquella botella de Watt's boca ancha, me hizo decir:
-Francisco, acércame la botella.
La tomé con mis dos manos. El plástico estaba tibio y su contenido burbujeante. Me fui a un cuartucho de aseo de la misma habitación, me subí la falda y me bajé las pantys, invoqué a todos los santos y a las fuerzas sobrenaturales para acertar en la boca ancha. Risas se escucharon.
-Oye huevón, no sé si es mi idea, pero creo que la Fran nos ha estado engañando todo este tiempo.
-Sí, parece que es hombre, huevón. Tiene mejor técnica que nosotros.
Salí radiante, con botella en mano, hasta otro aire se respiraba. Alguien lanzó la botella y su contenido por la ventana.
El secreto se guardaría para siempre, porque –como dice el refrán- “por la boca ancha muere el pez”.
Escrito por Francis "boca ancha" Villegas