Thursday, August 24, 2006

Encuentro peatonal

-Hace frío. ¿Tómame la mano?
-¿Para qué?
-No sé. Para que piensen que somos pololos.
-¿Estai curá, Raquel?
-No, ya no.
-¿Querí comer algo?
-No, nada. ¿Salgamos un rato?
Quería salir. Habíamos llegado recién, pero ya era hora de darle fin al sorpresivo y agitado tour etílico que veníamos haciendo desde la hora del almuerzo, cuando me lo encontré pateando la perra por la Avenida Central y sin siquiera proponerlo, nos metimos a cuanto bar abierto encontrábamos en el camino. El plan era que apenas se vaciara la última botella, tenía que tomar el bolso y entrar al baño. Él mientras se paraba, dejaba algo en la mesa simulando la propina o algo así, pedía fuego en cualquier mesa que estuviera bien lejos de la nuestra y lo más rápido que pudiéramos nos encontraríamos en la puerta. Y así la misma hazaña en todos los demás.
Este loco estaba bien loco. Por eso me gustaba; por eso mismo apagaba el teléfono cuando estaba con él para no perderme detalle, y por eso también no me daba ni cuenta cuando no alcanzaba a vaciar el vaso y ya estaba hasta el tope otra vez. Tenía ese “qué sé yo que no sé qué”, una capacidad de emborracharte la perdiz totalmente innata. Podía convencerte de cambiar el “mierda” por un “Pinochet” en el “viva Chile” en un dos por tres y así mismo te ponía a vociferar con él un “correlé, correlé, correlá”.
Después de la enésima hazaña del perro muerto, me ayudó a poner en línea los sentidos y la cabeza en alto “siempre digna, Raquel”, me decía la Cynthia en estos casos, “cuenta hasta tres”, “¡mentalízate hueona!”. Me daba la puerta y su mano sobre mi hombro un gusto a tentación insoslayable, a una especie de purgatorio con luces rojas al poco apetito que de un tiempo a esta parte he tenido por la aventura. Tú me dices cuánto. ¡Hasta ahí! ¿Cola o blanca?. Así solito nomás, total a estas alturas qué más me puede hacer. Su mirada cómplice y un tanto extrañada, el vaso a medio llenar y mis manos acaloradas eran la perfecta atmósfera para proponerle pasar la noche en su cama con esta fulana que no quería dormir sola, pero había que esperar a que terminara de contarme una historia de no sé que cosa que venía balbuceando, hace más de media hora. “Hay que creerle la mitad a este nomás”, “es más cuentero”, decían todas, pero todas esas eran lenguas venenosas, envidiosas. Todas andaban tras él.
-¡Corre!
Me agarro fuerte la muñeca, el semáforo daba la luz para cruzar, pero así de rápido como íbamos en la mitad de la calle me soltó la mano y se tiró al suelo, ocupando dos franjas del paso peatonal.
-Acuéstate conmigo.
En ese momento hubiese cambiado las franjas por la pálida decoración de las sábanas, pero no lo pensé ni media vez y ya estaba recostada también. Quedamos pegados hombro con hombro.
-¿Cuánto se demora en cambiar la luz?
-No sé. No importa. Apenas sintamos un auto o uno de los dos vea las luces nos echamos a correr.
-¿Estai comiendo chicle?. Dame.
Me puso entonces, en frente la boca entreabierta, me mostró el miserable y roñoso chicle, todo masticado y que seguramente ya no tenía ni sabor. Pero me lo encontré tan cerca que, un poco por condescender, me puse frente a frente. No importa, le dije, no soy mañosa. Entonces, de un momento a otro, como si ya tuviera uno de los extremos de ese chicle peliento entre los dientes me aventuré, pero apenas llegué a rozar su aliento alcoholizado, ahora subversivo, el chicle desapareció, se lo metió de un sopetón a la boca. Pero eso ya no me importaba. Y ahí. Ahí mismito, recostados en medio paso peatonal me besó, importándole bien poco si había más gente, lo que fueran a decir si alguien conocido nos veía, la oleada de bocinas que de la nada orquestó, sin ton ni son, el paréntesis. Nunca le ha importado, siempre ha tenido un instinto desorbitado por el desenfreno. Me volví sorda y muda, la gente seguía gritando, pero con ese chicle mugriento que más que sabor a menta, tenía gusto a ron, ya tenía lo que quería.


Escrito por Raquel Pinares.

Comments:
uuuuuuuuuu!!! no, pus, washita, esto es un cuento jajaja (es broma).
Me gusta, es una crónica romántica pero no mamona... como dijo Giselle, no todas las crónicas tienen que ser shistosas, esta es buena y bien contada.
Pero... ¡no podís ser tan zapalla! No teníai que subirla sin las correcciones, pus, pava.
En fin... alea jacta est.
 
me gustó y si razon tienen las malas lenguas , no todas las cronicas tienen que ser chistosas. en lo particular ame la tuya, nose si fue el mitico romantisimo o quizas el haberme sentido identificada con tus recuerdos.
fran
 
hummmmm...
te he leído mejores... cuentos.
el registro anecdótico, el relato, es la base. pa que sea crónica, yo creo, hay que ponerle juicios, reflexiones, una voz que me dice algo sobre la realidad social (la realidad social es la que se construye desde los medios, desde las leyes, desde los discursos sociales, o sea es la que percibimos "todos"), a partir del hecho narrado, que en este caso vendría a ser algo así como "la de tonteras que se pueden hacer estando enamorada". o el cliché de la equivalencia entre enamoramiento y embriagüez.
salud!
 
fe de erratas:
imperdonable: un post crítico pero con faltas ortográficas.
horror: embriagÜez.
salú again
 
:(
 
mmm yo encuentro toda la razon a lo que se dice acá que no todas las cronicas tienen que ser chistosas. esta es como bonita, igual no sé si romantica, pero bonita. y eso es bakan igual.
así como escena de una pelicula.
 
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