Wednesday, August 16, 2006

Calamar

Son las 9:30 de la noche, y nos encontramos en el “hoyo del rector” para discutir temas de convivencia y actividades a realizar el día siguiente.
La Magda y el Tomás funcionan como dirigentes: hacen un gran llamado de atención a “Pepino” por robar un tarro de duraznos en conserva. Se llama a una votación con todos los reunidos definiendo la estadía del niño.
Peor es el caso de “Calamar”.
Fue en esa misma reunión en que la voz de un niño desconocido, desde un rincón invisible, con un cigarro que no le hacía juego en su mano, dijo:
-Yo conozco a un loco que está acá y no es del colegio, pero es amigo mío.
Por supuesto todos quedamos estupefactos. El rudo ambiente anterior se transformó en un silencio vomitivo, en que los rumores actuaban como alfombra de la situación. El Tomás lo rompió:
-¿Pero quién es ese niño? ¿Dónde está?
Esas dos preguntas cambiaron el contexto a uno de bulla, acusaciones, defensas, “putas las weas”, impotencia, sangramiento y sarro. Parecido a lo sucedía en el libro “1984”, cuando mostraban a Goldstein en las pantallas y diariamente había que odiarlo durante un minuto. Aquí fue durante 15, hasta que llega el acusado, el condenado que podría ser salvado, “Calamar”, nombre que a todos les sonó amigable y que muchos habían visto limpiando baños, cocinando, conversando, a fin de cuentas, aportando. Cambió el escenario, los leones dispuestos a desgarrarlos se retiraron y la amenaza del pulgar inquisidor se tranquilizó.
Yo sólo miraba, tapada con sacos robados, como el niño se ponía al centro para ser visto, analizado y pelado por cada una de las caras que aperraban en esta semana de toma, cómo le exigían argumentación válida para que un ajeno al espectáculo, pero no a las movilizaciones (esto último opinión mía callada). Venía a quedarse a dormir sin preguntar siquiera.
-Lo que pasa es que... yo estoy viviendo con mis tíos, y ellos me dejaron... Estoy en proceso de postulación en este colegio... Por eso, vine estos días... Igual conozco a algunos cabros... Por eso yo...
Finalmente, un pobre muchacho de Primero Medio sin padres presentes que quería estar en un lugar estable... ¡Oh, pobrecito! Esta fue la reacción general, pero siguiendo las normas acordadas y para que todos estuvieran en la misma condición, se tuvo que ir al día siguiente.

Causa furor esto del Circo Romano, esta forma de legitimación de la verdad que termina siendo morbo, como el caso de Calamar. Este morbo es lo que nos acompaña a todos, incluso cuando a las 9 nos sentábamos a ver las noticias (o a las 8 El Termómetro), lo que se mostraba era morbo.
Intentaré definir esa sabrosa y horrible palabra en este mes de protestas. Morbo, en este contexto y en casi todos, es la exageración de un hecho, pero dando importancia a rasgos que venden más, como es el caso de la televisión, cuando de las marchas muestran solamente los destrozos, el negocio de don Pedro saqueado y el gas lacrimógeno que hizo llorar a la señora Patricia (esto última culpa de pacos, en todo caso); también el ojo podrido de la menor J.F.A. que por el golpe de un luma saltó 2 metros botando al suelo el cigarro de un ejecutivo que recién había olvidado su celular en el Dragón Rojo, café ubicado cerca de Plaza de Armas.

Escrito por Rocío Pérez

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