Thursday, August 10, 2006
Café sin piernas
Hace diez minutos fue mi primera vez. Pero hay algo que me decepciona: mi vida sigue tal cual. Empecemos por que fue algo premeditado; más aún, nuestro escuadrón debió subdividirse en grupos para afrontar tamaña odisea. Partimos inspeccionando los suburbios motelescos que se asemejaran a los llamados “barrios rojos” tan famosos en Europa. Caminamos por largas calles, eran las seis de la tarde y una niebla londinense cubría la gran capital. Mis ojos se abrían y mi corazón palpitaba acelerado cada vez que pasábamos por galpones de vidrios oscuros, con luces de neón, adhesivos de micro y nombres tan creativos como Café Tropical. Mientras tanto yo, al ver la proliferación de estos locales en la periferia me iba convenciendo cada vez más de eso que “somos los ingleses de Latinoamérica”. Mi mente anglosajona cayó anonadada al escuchar palabras de un dialecto extraño:
- Oye, Camilo, ¿y tú nunca hay entrado a un café con piernas?
Antes que mi rotundo no se escuchara, se abrió ante mí una puerta con dirección al “café”. Recordé que la Rocío había dicho tener 15. Entonces tuve el presentimiento de que las miradas curiosas no irían todas dirigidas hacia mi persona, mas podría (con el tiempo) llegar a ser cliente frecuente. Llegamos a una especie de galería comercial.
- Aquí es –dijo Gonzalo, el profesor e ideólogo de esta aventura.
El lugar no se asemejaba en nada a las remoliendas europeas; una artificial “mujer de la vida” nos abrió la puerta, mientras yo me escondía detrás de Rocío, tratando de poner cara de mayor de edad. El ambiente era espeso, lúgubre. Quizás la humareda me desconcentró demasiado y no pude lograr un rostro adulto. Un reggaeton sonaba en la tienda-cueva; recordé viejas fotos del Bim Bam Bum, con Germaín de la Fuente desgarrándose las venas mientras se tomaba un pipeño. De las bailarinas, sin comentarios; aunque a decir verdad tenían un parecido excepcional a las del café”. Como adentro se respiraba una mezcla de desodorantes, licores fermentando, tabaco, fluidos corporales y jugos gástricos; no logré entender a que se debía el nombre “café”. Me sentí como con clase, afortunado de estar en un lugar frecuentado por personajes como Joaquín Lavín y alguno que otro diputado. La “cafetera” nos besó uno a uno en la mejilla; preguntó qué queríamos. Una gran voz respondió “unas cervezas”. Mascando chicle, la geisha nos encara nuevamente. Pregunta qué estamos haciendo, por qué estamos ahí. Nuevamente la gran voz : somos de un taller de crónica.
Mujer: Ah, o sea que van a escribir de esto
Coro: ¡¡Sí!!
Al menos no me habían echado. Bien. Unos minutos y ya sería socio. Miré a la Rocío. Ella parecía vivir ahí . Por un momento pensé en pedirle un café, pero la agradable señorita interrumpió nuevamente.
- Oye. ¿Y tú -señala a Rodrigo- cuántos años tienes?
- Veinte.
- ¿Y tú?
- Quince -reconozco.
- Ah, entonces te vai a tener que ir, porque después pueden llegar los pacos y nos sacan parte
- ¿Desde cuándo? –interroga Gonzalo-. Yo tenía entendido que a cualquier edad podí entrar
cliente frecuente.
- Sí, pero nosotras no podemos arriesgarnos po.
Nunca Gonzalo estuvo así. Le tirita los labios superiores.
- ¿Y qué voy a hacer? –le pregunto a Gonzalo.
Sonríe estúpidamente, como si de esa forma respondiera, y enseguida repone con seguridad:
-Quédate hasta que lleguen los pacos
No le hago caso. Me dice algo del taller. Está tan re caliente que ni siquiera es capaz de abrirme la puerta.
Salgo defraudado de éste país. Mañana mismo iré a comprar los pasajes a Europa. Quizás allá mi edad será tomada en cuenta. Quizás allí encontraré a gente más cuerda.
Escrito por Camilo Godoy
- Oye, Camilo, ¿y tú nunca hay entrado a un café con piernas?
Antes que mi rotundo no se escuchara, se abrió ante mí una puerta con dirección al “café”. Recordé que la Rocío había dicho tener 15. Entonces tuve el presentimiento de que las miradas curiosas no irían todas dirigidas hacia mi persona, mas podría (con el tiempo) llegar a ser cliente frecuente. Llegamos a una especie de galería comercial.
- Aquí es –dijo Gonzalo, el profesor e ideólogo de esta aventura.
El lugar no se asemejaba en nada a las remoliendas europeas; una artificial “mujer de la vida” nos abrió la puerta, mientras yo me escondía detrás de Rocío, tratando de poner cara de mayor de edad. El ambiente era espeso, lúgubre. Quizás la humareda me desconcentró demasiado y no pude lograr un rostro adulto. Un reggaeton sonaba en la tienda-cueva; recordé viejas fotos del Bim Bam Bum, con Germaín de la Fuente desgarrándose las venas mientras se tomaba un pipeño. De las bailarinas, sin comentarios; aunque a decir verdad tenían un parecido excepcional a las del café”. Como adentro se respiraba una mezcla de desodorantes, licores fermentando, tabaco, fluidos corporales y jugos gástricos; no logré entender a que se debía el nombre “café”. Me sentí como con clase, afortunado de estar en un lugar frecuentado por personajes como Joaquín Lavín y alguno que otro diputado. La “cafetera” nos besó uno a uno en la mejilla; preguntó qué queríamos. Una gran voz respondió “unas cervezas”. Mascando chicle, la geisha nos encara nuevamente. Pregunta qué estamos haciendo, por qué estamos ahí. Nuevamente la gran voz : somos de un taller de crónica.
Mujer: Ah, o sea que van a escribir de esto
Coro: ¡¡Sí!!
Al menos no me habían echado. Bien. Unos minutos y ya sería socio. Miré a la Rocío. Ella parecía vivir ahí . Por un momento pensé en pedirle un café, pero la agradable señorita interrumpió nuevamente.
- Oye. ¿Y tú -señala a Rodrigo- cuántos años tienes?
- Veinte.
- ¿Y tú?
- Quince -reconozco.
- Ah, entonces te vai a tener que ir, porque después pueden llegar los pacos y nos sacan parte
- ¿Desde cuándo? –interroga Gonzalo-. Yo tenía entendido que a cualquier edad podí entrar
cliente frecuente.
- Sí, pero nosotras no podemos arriesgarnos po.
Nunca Gonzalo estuvo así. Le tirita los labios superiores.
- ¿Y qué voy a hacer? –le pregunto a Gonzalo.
Sonríe estúpidamente, como si de esa forma respondiera, y enseguida repone con seguridad:
-Quédate hasta que lleguen los pacos
No le hago caso. Me dice algo del taller. Está tan re caliente que ni siquiera es capaz de abrirme la puerta.
Salgo defraudado de éste país. Mañana mismo iré a comprar los pasajes a Europa. Quizás allá mi edad será tomada en cuenta. Quizás allí encontraré a gente más cuerda.
Escrito por Camilo Godoy
