Monday, September 11, 2006
Ipanema, mi amor
Espejos en el techo y toda la parafernalia estereotipada de película porno. Reconozco que así me lo imaginaba. Siempre pensé que sería un edificio, algo como un hotel de lujo, pero con frazadas de leopardo y cama de agua en forma de corazón (veo muchas películas hollywoodenses, parece), pero jamás me imaginé unas cabañitas iguales a las que arrendábamos con mi papá cuando íbamos a la playa en los paseos familiares.
El ingreso fue un trámite, mal que mal, es ilegal que un “adulto” entre con una menor a un motel (eso fue lo que él me dijo. Yo aún no tengo claro qué es legal y qué no lo es en el sexo) y, en ese tiempo, él tenía veintidós, y yo diecisiete.
-¿Qué hago si me piden el carné?
-Casi siempre se lo piden sólo a los hombres. No te preocupís, Paulita -respondió alardeando de su experiencia en el rubro.
-¿Te imaginái que justo el portero nos conozca?
-¡Cómo tanta mala cueva! A mí lo que me da lata es que nadie entra a un motel a pata, po. Toda la gente viene en auto. Capaz que nos miren feo...
-¡Ay, na que ver! ¿Acaso la gente que no tiene auto no puede entrar a un motel? Y si nos miran feo qué importa. ¡Qué erís cuático!
Estuvimos mucho rato parados debajo del cartel luminoso de Ipanema. Queríamos entrar, pero nos daba vergüenza llegar y pasar, entonces tratábamos de poner cara de grande. Era bastante probable que a los dos nos pidieran el carné (sí, él tenía veintidós años, pero de todas formas era un imberbe con cara de guagua) y ahí sí la cosa se pondría color de hormiga.
Sin embargo, entramos sin ningún problema. Una vez adentro, me dediqué a observarlo todo. Eran cabañitas con número, ubicadas en ambos lados de un camino de piedras. Cada una tenía entrada de auto, por lo que pude jugar a ver las patentes esperando encontrar el auto de algún conocido. Me entusiasmaba la idea de que al día siguiente podría mirar a mi vecino, por ejemplo, con complicidad, como diciendo te pillé chanchito, pero que él no sepa exactamente por qué lo miro así y quede desconcertado todo el día, tratando de adivinar el motivo de mi mirada.
Entramos a la cabaña Nº 15. Yo había conocido la playa de Ipanema a los diez años, por esas casualidades de la vida, en un viaje con mi abuela. Me imaginé que la cabaña estaría ambientada en Ipanema... o, por lo menos, algo de Brasil tendría. Pero, no. Nada de palmeras o piñas. Era una cama sin ningún toque de leopardo, ni cebra, ni tigre. Nada. No era de agua, no tenía forma de corazón, no había espejos en el techo. Con suerte había un espejito en la pared que medía, apenas, unos cincuenta centímetros de largo y veinte de ancho. El lugar era diminuto: cama, tele y baño. Por lo menos estarán los canales premium -pensé- ¿para qué más puede servir una tele en un motel? No. Ni siquiera había cable y no me interesaba para nada ver Vértigo Extremo.
Lo único que quise decir fue ¿Para esto pagaste? Mejor nos hubiéramos quedado en tu casa. Pero no lo hice, me dio lata. Total, a él se le había ocurrido la idea y había juntado plata para pagar el motel
-¿Qué canal pongo?
-Póngase el 69 si quiere... ¡no, po, mija! Apurémonos, tenemos dos horas nomás. Sorry, pero era muy caro y no me alcanzó la plata pa más rato -se disculpó, mientras se bajaba los pantalones.
Analizando la situación, decidí no quedarme.
-¿Dos horas? Ni cagando. ¡Cómo se te ocurre! ¡Cómo va a haber sido tan caro si es una mierda de motel! ¡Hasta una plaza es más erótica que esta huevá! ¡Además sabís que me carga tener que estar apurá! ¡Shis, pa eso nos vamos pa tu casa!
-Okey, si te vai a poner así, mejor nos vamos, pero no a mi casa, están mis papás y vos cachái cómo son -agregó con cara de sorpresa y tono de ofendido.No hablamos en todo el camino. Al otro día me llamó por teléfono y me dijo que yo no lo entendía y no lo apoyaba en nada, que él de verdad había puesto todo de su parte y no se sentía retribuido. Terminó conmigo. Nunca entendí muy bien el motivo.
Escrito por Paula Guaquiante
El ingreso fue un trámite, mal que mal, es ilegal que un “adulto” entre con una menor a un motel (eso fue lo que él me dijo. Yo aún no tengo claro qué es legal y qué no lo es en el sexo) y, en ese tiempo, él tenía veintidós, y yo diecisiete.
-¿Qué hago si me piden el carné?
-Casi siempre se lo piden sólo a los hombres. No te preocupís, Paulita -respondió alardeando de su experiencia en el rubro.
-¿Te imaginái que justo el portero nos conozca?
-¡Cómo tanta mala cueva! A mí lo que me da lata es que nadie entra a un motel a pata, po. Toda la gente viene en auto. Capaz que nos miren feo...
-¡Ay, na que ver! ¿Acaso la gente que no tiene auto no puede entrar a un motel? Y si nos miran feo qué importa. ¡Qué erís cuático!
Estuvimos mucho rato parados debajo del cartel luminoso de Ipanema. Queríamos entrar, pero nos daba vergüenza llegar y pasar, entonces tratábamos de poner cara de grande. Era bastante probable que a los dos nos pidieran el carné (sí, él tenía veintidós años, pero de todas formas era un imberbe con cara de guagua) y ahí sí la cosa se pondría color de hormiga.
Sin embargo, entramos sin ningún problema. Una vez adentro, me dediqué a observarlo todo. Eran cabañitas con número, ubicadas en ambos lados de un camino de piedras. Cada una tenía entrada de auto, por lo que pude jugar a ver las patentes esperando encontrar el auto de algún conocido. Me entusiasmaba la idea de que al día siguiente podría mirar a mi vecino, por ejemplo, con complicidad, como diciendo te pillé chanchito, pero que él no sepa exactamente por qué lo miro así y quede desconcertado todo el día, tratando de adivinar el motivo de mi mirada.
Entramos a la cabaña Nº 15. Yo había conocido la playa de Ipanema a los diez años, por esas casualidades de la vida, en un viaje con mi abuela. Me imaginé que la cabaña estaría ambientada en Ipanema... o, por lo menos, algo de Brasil tendría. Pero, no. Nada de palmeras o piñas. Era una cama sin ningún toque de leopardo, ni cebra, ni tigre. Nada. No era de agua, no tenía forma de corazón, no había espejos en el techo. Con suerte había un espejito en la pared que medía, apenas, unos cincuenta centímetros de largo y veinte de ancho. El lugar era diminuto: cama, tele y baño. Por lo menos estarán los canales premium -pensé- ¿para qué más puede servir una tele en un motel? No. Ni siquiera había cable y no me interesaba para nada ver Vértigo Extremo.
Lo único que quise decir fue ¿Para esto pagaste? Mejor nos hubiéramos quedado en tu casa. Pero no lo hice, me dio lata. Total, a él se le había ocurrido la idea y había juntado plata para pagar el motel
-¿Qué canal pongo?
-Póngase el 69 si quiere... ¡no, po, mija! Apurémonos, tenemos dos horas nomás. Sorry, pero era muy caro y no me alcanzó la plata pa más rato -se disculpó, mientras se bajaba los pantalones.
Analizando la situación, decidí no quedarme.
-¿Dos horas? Ni cagando. ¡Cómo se te ocurre! ¡Cómo va a haber sido tan caro si es una mierda de motel! ¡Hasta una plaza es más erótica que esta huevá! ¡Además sabís que me carga tener que estar apurá! ¡Shis, pa eso nos vamos pa tu casa!
-Okey, si te vai a poner así, mejor nos vamos, pero no a mi casa, están mis papás y vos cachái cómo son -agregó con cara de sorpresa y tono de ofendido.No hablamos en todo el camino. Al otro día me llamó por teléfono y me dijo que yo no lo entendía y no lo apoyaba en nada, que él de verdad había puesto todo de su parte y no se sentía retribuido. Terminó conmigo. Nunca entendí muy bien el motivo.
Escrito por Paula Guaquiante
Thursday, September 07, 2006
Subversivos ABC1
La toma y el movimiento estudiantil, una verdadera mierda. En mi colegio fue la tomatera, noche de orgías y vómitos colectivos. Allí está lleno de los especímenes más variados, lleno de piojos resucitados, flaites con plata y hardcores con zapatillas gigantes (o “tillas”, como dirían ellos en su lenguaje mamón). Todos ellos hijos de papis, o lo que votó la ola.
Lo cierto es que nosotros éramos los arrugones del sector oriente en las movilizaciones. Jamás habíamos participado en ningún tipo de manifestaciones de tal índole, pero esta vez no podíamos ser menos, teníamos que correr de los guanacos y de los zorrillos, pasar hambre y frío en una toma, dormir hacinados en un una sala en improvisadas camas. Todo para no ser menos. Y nos tomamos el colegio, pero no, ¡¡paren!! Perdón nos pasaron el colegio. El sostenedor del colegio en el acto más patético de nuestra honra estudiantil nos entregó las llaves.
Por mi parte, dormía en mi casa e iba por las mañanas ayudar. No me agradaba mucho la idea de pasar frío y escuchar orgasmos fingidos por la noche, porque dudo que alguien a mi edad pueda tener un orgasmo. Para eso se necesita de una trayectoria. Y aunque en mi colegio hay féminas que podrían tenerla, los actos sexuales suelen ser lo más parecido a un conejo apareándose.
Los visitaba casi todos los días, y observaba su gran despliegue de organización. En un colegio donde hay doscientos alumnos en enseñanza media, es sumamente difícil organizar a veinte personas en una toma, por lo cual se hacían reuniones cada tres horas, como para discutir, por ejemplo, la repartición de una bolsa de dulces que un apoderado con tanto amor y cariño había donado para los valientes escolares.
Luego de que estos hidalgos jóvenes se dignaron a entregar el colegio, se rumoreaban sucesos que llegaban a la categoría de mitos urbanos, como la sala quince del colegio, que, según se contaba, por la noches se convertía en un verdadero motel: con diferentes tipos de camas y atmósferas. Además se agregaba la infaltable fantasía sexual de hacerlo sobre el banco del profesor jefe, y utilizar el borrador como un lápiz para marcar con los restos de tinta el cuerpo del amante.
Fuera de lo bizarro que podían resultar este tipo de anécdotas, me seguía pareciendo todo esto un verdadero chiste. Nadie a quien su papá lo deja todas las mañanas en la entrada del colegio y lo espera hasta que se pierda en el patio, puede ser a mi juicio un escolar libertario y subversivo. Nadie quien en un carrete ponga cinco lucas para copete puede ser admirado por su valentía y revolución.
Escrito por María Paz Marín
Lo cierto es que nosotros éramos los arrugones del sector oriente en las movilizaciones. Jamás habíamos participado en ningún tipo de manifestaciones de tal índole, pero esta vez no podíamos ser menos, teníamos que correr de los guanacos y de los zorrillos, pasar hambre y frío en una toma, dormir hacinados en un una sala en improvisadas camas. Todo para no ser menos. Y nos tomamos el colegio, pero no, ¡¡paren!! Perdón nos pasaron el colegio. El sostenedor del colegio en el acto más patético de nuestra honra estudiantil nos entregó las llaves.
Por mi parte, dormía en mi casa e iba por las mañanas ayudar. No me agradaba mucho la idea de pasar frío y escuchar orgasmos fingidos por la noche, porque dudo que alguien a mi edad pueda tener un orgasmo. Para eso se necesita de una trayectoria. Y aunque en mi colegio hay féminas que podrían tenerla, los actos sexuales suelen ser lo más parecido a un conejo apareándose.
Los visitaba casi todos los días, y observaba su gran despliegue de organización. En un colegio donde hay doscientos alumnos en enseñanza media, es sumamente difícil organizar a veinte personas en una toma, por lo cual se hacían reuniones cada tres horas, como para discutir, por ejemplo, la repartición de una bolsa de dulces que un apoderado con tanto amor y cariño había donado para los valientes escolares.
Luego de que estos hidalgos jóvenes se dignaron a entregar el colegio, se rumoreaban sucesos que llegaban a la categoría de mitos urbanos, como la sala quince del colegio, que, según se contaba, por la noches se convertía en un verdadero motel: con diferentes tipos de camas y atmósferas. Además se agregaba la infaltable fantasía sexual de hacerlo sobre el banco del profesor jefe, y utilizar el borrador como un lápiz para marcar con los restos de tinta el cuerpo del amante.
Fuera de lo bizarro que podían resultar este tipo de anécdotas, me seguía pareciendo todo esto un verdadero chiste. Nadie a quien su papá lo deja todas las mañanas en la entrada del colegio y lo espera hasta que se pierda en el patio, puede ser a mi juicio un escolar libertario y subversivo. Nadie quien en un carrete ponga cinco lucas para copete puede ser admirado por su valentía y revolución.
Escrito por María Paz Marín
Aquaman
Aun recuerdo las palabras de mi madre: "Abrígate hueón, en cualquier momento se pone a llover y yo no te voy a cuidar si te enfermai". Pero, llevado de mi ideas, llegué y salí apenas con una polerita de manga corta y un polerón delgado que no abrigaba a nadie, directo a ese carrete tan esperado durante el mes.
En el paradero, la micro desgraciada nunca pasaba, y yo -cagado de frío y aburrido- decidí caminar. Total, no sería la primera vez que lo haría, pues como dice una cancion por ahí "caminando no hace frío".
Caminaba y caminaba, y la micro nunca pasaba, y como si esto fuera poco, unas pequeñas gotitas comenzaron a caer, gotitas que luego se convirtieron en goterones y, pronto, en una lluvia torrencial, seguida por una espectacular granizada.
Congelado y mojado hasta los tuetanos, después de tan largo periplo, logré llegar a ese tan ansiado carrete, para observar que sólo estaban mi amigo, su primo y como cinco minas con cara de pescado que jamás en mi vida habia visto.
Mojando todo lo que tocaba, parecía Aquaman y, como por cada superhéroe, hay un villano, esta vez le tocó ser a mi amigo el malo de la pelicula, que poseído por un intenso frenesí, se acercó a mi helado cuerpo y rápidamente me bajó los pantalones, dejando al descubierto los estragos que el frío y el agua habian dejado en mi menoscabada anatomía, frente al grupo de pirañas que en un principio se compadecía de mi desgracia y ahora sólo reían.
Del carrete poco recuerdo, lo único que esta claro es que, a pesar de todos las advertencias, mi mamá igual me tuvo que cuidar como tres semanas por esa horrenda bronquitis que me pesqué.
Escrito por Cristopher Contreras
En el paradero, la micro desgraciada nunca pasaba, y yo -cagado de frío y aburrido- decidí caminar. Total, no sería la primera vez que lo haría, pues como dice una cancion por ahí "caminando no hace frío".
Caminaba y caminaba, y la micro nunca pasaba, y como si esto fuera poco, unas pequeñas gotitas comenzaron a caer, gotitas que luego se convirtieron en goterones y, pronto, en una lluvia torrencial, seguida por una espectacular granizada.
Congelado y mojado hasta los tuetanos, después de tan largo periplo, logré llegar a ese tan ansiado carrete, para observar que sólo estaban mi amigo, su primo y como cinco minas con cara de pescado que jamás en mi vida habia visto.
Mojando todo lo que tocaba, parecía Aquaman y, como por cada superhéroe, hay un villano, esta vez le tocó ser a mi amigo el malo de la pelicula, que poseído por un intenso frenesí, se acercó a mi helado cuerpo y rápidamente me bajó los pantalones, dejando al descubierto los estragos que el frío y el agua habian dejado en mi menoscabada anatomía, frente al grupo de pirañas que en un principio se compadecía de mi desgracia y ahora sólo reían.
Del carrete poco recuerdo, lo único que esta claro es que, a pesar de todos las advertencias, mi mamá igual me tuvo que cuidar como tres semanas por esa horrenda bronquitis que me pesqué.
Escrito por Cristopher Contreras
Pinche cabrón
Ensayando el guión con más pánico que ángel, me dirijo hacia el colegio-estudio, listo para enfrentar por primera vez al respetable. Después de caminar hacia el interior escoltado por dos guardias, me encuentro con la Constanza 1 y la Constanza 2, las panelistas. Tras bambalinas, nos dedicamos a ajustar detalles, como los concursos y los temas de conversación que se tocarán. Luego de subir cuatro pisos, las cámaras se asoman, pero yo suplico a mis acompañantes que me concedan un momento de preparación. De pronto, ante mí, la salvación: una mujer que seguramente trabaja aquí.
-Tía, estamos nerviosos, no sabemos cómo empezar –confieso.
-A ver, díganme de qué curso son ustedes -pregunta la mujer.
-De primero -aseguran mis modelos.
-Ah, entonces no se preocupen, chiquillos, los apoderados se ponen chochos cuando ven a los niños hablando adelante.
-¿Entonces? -señalo a mis colegas.
-No sé po, las cuotas y todo eso -afirma Constanza.
Nos decidimos a entrar, pero antes nos cercioramos sobre las condiciones del ambiente, mirando por el vidrio de la puerta. Ante nuestra vista, surgen largas columnas repletas de gente sentada, expectante, pero casi dormida. Pareciera como si nuestras caras en la ventana, tratando de pasar desapercibidas, los alertaran aun más.
Se debe pensar que un programa como estos nunca ha salido al aire, por eso nuestro nerviosismo.
Finalmente, golpeo la puerta al ritmo de “La cucaracha”. Abre quien aparenta ser la productora, nos dice que esperemos un cachito afuera. Esperamos un cachito y la productora nos llama con una mueca.
Voy entrando cuando un evidente tic nervioso se apodera de mis manos, delatando mi situación. Las Constanzas se instalan a mi lado. Pongo cara de don Francisco y comienzo:
-Bueno, mi nombre es Camilo Godoy y soy el presidente de curso. Hemos venido para contarles las propuestas que mis compañeros han levantado.
Y así comienza la exposición. La Constanza 1 comienza por referirse al paseo de curso, la otra por los tutores. Ante esto, los apoderados sueltan frases como mira tú o qué inteligentes.
Un momento después, la sala queda en silencio. La productora nos mira con cara de hagan algo.
-Ahora, tengo que informarles que el curso ha decidido que las cuotas internas serán pagadas por ustedes -anuncio.
Pifias, rumores y brazos en alto se yerguen en todas direcciones, discurseando con convicción de que el proyecto es irrealizable, me hacen recordar el programa de RedTV, Caso Cerrado, en el que un par de personas se dispone a contar sus males, acusándose entre ellos de roba hombres, cortesana, suelta o mariconsón, con acento de película doblada y acompañando estos términos de un you got it! o un yeah, que será anulado por una exclamación de la moderadora, la cual asegurará haber cerrado dicho caso. Parecido a lo que aquí acontece, en el programa existe un juez o moderador, un guardia y, por supuesto, los litigantes. Mi rostro ha tomado un aire tosco y mis manos han reemplazado el tic nervioso por el golpe del martillo de la justicia.
-Pero, bueno, ¿no son ustedes los que le pasan la plata a mis compañeros para que paguen las cuotas?
-Sí -responden con desgano.
-Sería lo mismo -continúo.
A estas alturas, el rating bordea los 60 puntos y yo estoy cada vez más convencido de mis nuevas facetas de showman.
Una coalición de manos alzadas y rostros fervientes niegan mis palabras. La gente no se calla. En un intento de salvarme, intenté por todos los medios gritar ¡Seguridad! a las Constanzas. Pero alguien esbozó contra mí un pinche cabrón. Los litigantes han hecho de este programa un bullicio. Uno se para a encararme, otro me sujeta con una llave de defensa marcial, en tanto la productora me lanza un poco hombre. Todos intentan embestirme, pero esta vez yo he dicho caso cerrado.
Escrito por Camilo Godoy
-Tía, estamos nerviosos, no sabemos cómo empezar –confieso.
-A ver, díganme de qué curso son ustedes -pregunta la mujer.
-De primero -aseguran mis modelos.
-Ah, entonces no se preocupen, chiquillos, los apoderados se ponen chochos cuando ven a los niños hablando adelante.
-¿Entonces? -señalo a mis colegas.
-No sé po, las cuotas y todo eso -afirma Constanza.
Nos decidimos a entrar, pero antes nos cercioramos sobre las condiciones del ambiente, mirando por el vidrio de la puerta. Ante nuestra vista, surgen largas columnas repletas de gente sentada, expectante, pero casi dormida. Pareciera como si nuestras caras en la ventana, tratando de pasar desapercibidas, los alertaran aun más.
Se debe pensar que un programa como estos nunca ha salido al aire, por eso nuestro nerviosismo.
Finalmente, golpeo la puerta al ritmo de “La cucaracha”. Abre quien aparenta ser la productora, nos dice que esperemos un cachito afuera. Esperamos un cachito y la productora nos llama con una mueca.
Voy entrando cuando un evidente tic nervioso se apodera de mis manos, delatando mi situación. Las Constanzas se instalan a mi lado. Pongo cara de don Francisco y comienzo:
-Bueno, mi nombre es Camilo Godoy y soy el presidente de curso. Hemos venido para contarles las propuestas que mis compañeros han levantado.
Y así comienza la exposición. La Constanza 1 comienza por referirse al paseo de curso, la otra por los tutores. Ante esto, los apoderados sueltan frases como mira tú o qué inteligentes.
Un momento después, la sala queda en silencio. La productora nos mira con cara de hagan algo.
-Ahora, tengo que informarles que el curso ha decidido que las cuotas internas serán pagadas por ustedes -anuncio.
Pifias, rumores y brazos en alto se yerguen en todas direcciones, discurseando con convicción de que el proyecto es irrealizable, me hacen recordar el programa de RedTV, Caso Cerrado, en el que un par de personas se dispone a contar sus males, acusándose entre ellos de roba hombres, cortesana, suelta o mariconsón, con acento de película doblada y acompañando estos términos de un you got it! o un yeah, que será anulado por una exclamación de la moderadora, la cual asegurará haber cerrado dicho caso. Parecido a lo que aquí acontece, en el programa existe un juez o moderador, un guardia y, por supuesto, los litigantes. Mi rostro ha tomado un aire tosco y mis manos han reemplazado el tic nervioso por el golpe del martillo de la justicia.
-Pero, bueno, ¿no son ustedes los que le pasan la plata a mis compañeros para que paguen las cuotas?
-Sí -responden con desgano.
-Sería lo mismo -continúo.
A estas alturas, el rating bordea los 60 puntos y yo estoy cada vez más convencido de mis nuevas facetas de showman.
Una coalición de manos alzadas y rostros fervientes niegan mis palabras. La gente no se calla. En un intento de salvarme, intenté por todos los medios gritar ¡Seguridad! a las Constanzas. Pero alguien esbozó contra mí un pinche cabrón. Los litigantes han hecho de este programa un bullicio. Uno se para a encararme, otro me sujeta con una llave de defensa marcial, en tanto la productora me lanza un poco hombre. Todos intentan embestirme, pero esta vez yo he dicho caso cerrado.
Escrito por Camilo Godoy
Monday, September 04, 2006
Olor a aniversario
Me encuentro con Jano, mi novio, al costado de una improvisada biblioteca en el Café Utopía, uno de esos clásicos lugares de reunión intelectualoide, donde Silvio Rodriguez, Santiago del Nuevo Extremo y Víctor Jara hacen de un ambiente acogedor.
Atrás de nosotros, se ubica un neo-hippie con notebook conectado a algún rincón desconocido del piso, fumando de manera enferma y molestando a la mesera pidiéndole un tipo de café francés sin canela, con un vaso de agua y hielo. Su voz de ejecutivo estresado y con problemas sexuales hace suponer que se siente interesante y con el ego suficiente como para tratar con esa inferioridad a la que amablemente le pregunta qué desea.Siete meses de noviazgo: la excusa perfecta para sentarme a tomar un expresso con pastel Utopía a medias. Siento la mano del Jano alcanzar la mía proponiendo un tema interesante para hablar. Él fuma tabaco, yo, cigarro, la mezcla perfecta para una ida al baño comprometedora.
Entre conversa, mirada, pelambre y sorbete se nos pasó el tiempo. Vimos el raspado decadente de pastel que nos miraba con cara de “compren más”, pero nuestra condición escolar nos impidió consumir un segundo. Jano me mira con cara extraña y me dice un “voy al baño” que supone 20 minutos de espera. Tomo un libro de Jorge Edwards que se encuentra a mi lado y comienzo a leer. Llevaba 3 colillas y 4 capítulos, cuando el matapasiones novio llega con mirada victoriosa pero sin habla, lo miro y sin parar de reírme le pregunto:
-¿Lo lograste?
-Sí, pero no pudo pasar menos piola.
Ese pequeño diálogo fue excusa para conversar de anécdotas pasadas por un bien tiempo y para hacerme recordar la típica escena de película sensual, en que se encuentra ella, con un vestido negro brillante, labios rojos y pendientes plateados, con él, de frac y cigarrillo en mano en un restauran cuico, con un saxo tocando en vivo fomentando el coqueteo de miradas que se produce entre los regios protagonistas, que antes de besarse, interrumpen el silencio con un “vamos a la pista, nena”, por parte de el varón.
Todo iba perfectamente bien y normal, hasta que mi sistema digestivo no encontró lugar ni momento más adecuado para desechar lo comido.
-Tengo que ir al baño -le dije.
-¿A lo mismo que yo?
-Creo que sí...
-Mira, atrás del espejo izquierdo hay un Glade lavanda. Ocúpalo si lo necesitas.
Glade, elemento antiguamente extraño en un baño de café, pero que ahora el servicio sanitario requiere quizás, o el extremado mal olor de los clientes, quien sabe.Con un beso de buena suerte, me dirigo al baño. Entro a un sucucho en buen estado, tomo todo el papel absorbente par secarse las manos que había y lo ordeno en la taza para poder sentarme y “liberar al moreno”, como el vulgo dice, de una forma decente. Mientras me concentraba para tal difícil operación, miraba el pestillo oxidado, que al menor empuje se desarmaba y dejaba en descubierto todo lo horrible de mi situación. Cuando por fin terminé, procedí a tirar la cadena con la cual no dejaba ninguna evidencia de lo entregado a mi amiga alcantarilla, pero no, algo fallaba, no se iba. ¡Seguía ahí el maldito! Recordé la típica frase cuando hay una situación desesperante: “¡Que no cunda el pánico!”, pero no sirvió.
Abrí todas las perillas posibles para que el estanque de agua se llenara, pero nada sucedía. Saqué la tapa que lo cubría, y en un patético intento por llenarlo, tomé agua con la boca y la tiré como si fuera una pileta, pretendiendo llenar una capacidad de 3 litros, me di cuenta de que era inútil.
Estaba perdida, nunca más podría ir con la dignidad de siempre a aquel café que aparte de guapo, era barato. Me imaginé la cara de los que atendían indicándome con el índice haciendo una mueca de mal olor. Lo único que atinaba hacer era abrir el espejo izquierdo. Sí, era mi opción, lo hice y ahí estaba como de propaganda, el aerosol salvador, lo tomé y lo esparcí por donde pude. El maravilloso olor a flores me devolvió parte de mi dignidad, antes de que se fuera por el alcantarillado. Cerré la taza y seguido de esto apliqué jabón suficiente en mis manos como para opacar todo olor sospechoso. Me borré la risa y salí como si nada hubiera pasado.
Al llegar, el Jano me mira con la misma expresión que le había puesto yo anteriormente, cuando el volvió de su tarea, pero mi recepción fue pedir la cuenta con voz de grande, dejando, como buen escolar insisto, una miserable propina. Mientras caminábamos hacia la popular Alameda, no podía evitar pensar la sorpresa que les había dejado, finalmente nuestro regalo de cumplemés se fundió en las profundidades del océano, aromatizando y construyendo ese “mar que tranquilo nos baña”.
Escrito por Rocío Pérez
Atrás de nosotros, se ubica un neo-hippie con notebook conectado a algún rincón desconocido del piso, fumando de manera enferma y molestando a la mesera pidiéndole un tipo de café francés sin canela, con un vaso de agua y hielo. Su voz de ejecutivo estresado y con problemas sexuales hace suponer que se siente interesante y con el ego suficiente como para tratar con esa inferioridad a la que amablemente le pregunta qué desea.Siete meses de noviazgo: la excusa perfecta para sentarme a tomar un expresso con pastel Utopía a medias. Siento la mano del Jano alcanzar la mía proponiendo un tema interesante para hablar. Él fuma tabaco, yo, cigarro, la mezcla perfecta para una ida al baño comprometedora.
Entre conversa, mirada, pelambre y sorbete se nos pasó el tiempo. Vimos el raspado decadente de pastel que nos miraba con cara de “compren más”, pero nuestra condición escolar nos impidió consumir un segundo. Jano me mira con cara extraña y me dice un “voy al baño” que supone 20 minutos de espera. Tomo un libro de Jorge Edwards que se encuentra a mi lado y comienzo a leer. Llevaba 3 colillas y 4 capítulos, cuando el matapasiones novio llega con mirada victoriosa pero sin habla, lo miro y sin parar de reírme le pregunto:
-¿Lo lograste?
-Sí, pero no pudo pasar menos piola.
Ese pequeño diálogo fue excusa para conversar de anécdotas pasadas por un bien tiempo y para hacerme recordar la típica escena de película sensual, en que se encuentra ella, con un vestido negro brillante, labios rojos y pendientes plateados, con él, de frac y cigarrillo en mano en un restauran cuico, con un saxo tocando en vivo fomentando el coqueteo de miradas que se produce entre los regios protagonistas, que antes de besarse, interrumpen el silencio con un “vamos a la pista, nena”, por parte de el varón.
Todo iba perfectamente bien y normal, hasta que mi sistema digestivo no encontró lugar ni momento más adecuado para desechar lo comido.
-Tengo que ir al baño -le dije.
-¿A lo mismo que yo?
-Creo que sí...
-Mira, atrás del espejo izquierdo hay un Glade lavanda. Ocúpalo si lo necesitas.
Glade, elemento antiguamente extraño en un baño de café, pero que ahora el servicio sanitario requiere quizás, o el extremado mal olor de los clientes, quien sabe.Con un beso de buena suerte, me dirigo al baño. Entro a un sucucho en buen estado, tomo todo el papel absorbente par secarse las manos que había y lo ordeno en la taza para poder sentarme y “liberar al moreno”, como el vulgo dice, de una forma decente. Mientras me concentraba para tal difícil operación, miraba el pestillo oxidado, que al menor empuje se desarmaba y dejaba en descubierto todo lo horrible de mi situación. Cuando por fin terminé, procedí a tirar la cadena con la cual no dejaba ninguna evidencia de lo entregado a mi amiga alcantarilla, pero no, algo fallaba, no se iba. ¡Seguía ahí el maldito! Recordé la típica frase cuando hay una situación desesperante: “¡Que no cunda el pánico!”, pero no sirvió.
Abrí todas las perillas posibles para que el estanque de agua se llenara, pero nada sucedía. Saqué la tapa que lo cubría, y en un patético intento por llenarlo, tomé agua con la boca y la tiré como si fuera una pileta, pretendiendo llenar una capacidad de 3 litros, me di cuenta de que era inútil.
Estaba perdida, nunca más podría ir con la dignidad de siempre a aquel café que aparte de guapo, era barato. Me imaginé la cara de los que atendían indicándome con el índice haciendo una mueca de mal olor. Lo único que atinaba hacer era abrir el espejo izquierdo. Sí, era mi opción, lo hice y ahí estaba como de propaganda, el aerosol salvador, lo tomé y lo esparcí por donde pude. El maravilloso olor a flores me devolvió parte de mi dignidad, antes de que se fuera por el alcantarillado. Cerré la taza y seguido de esto apliqué jabón suficiente en mis manos como para opacar todo olor sospechoso. Me borré la risa y salí como si nada hubiera pasado.
Al llegar, el Jano me mira con la misma expresión que le había puesto yo anteriormente, cuando el volvió de su tarea, pero mi recepción fue pedir la cuenta con voz de grande, dejando, como buen escolar insisto, una miserable propina. Mientras caminábamos hacia la popular Alameda, no podía evitar pensar la sorpresa que les había dejado, finalmente nuestro regalo de cumplemés se fundió en las profundidades del océano, aromatizando y construyendo ese “mar que tranquilo nos baña”.
Escrito por Rocío Pérez
Thursday, August 31, 2006
Dos tontos y un café
Se acabó el alcohol y no teníamos que hacer. Estábamos los cuatro pasteles aburridos igual que en los recreos del colegio.
-¿Vamos a webear a la gente en la calle?
-Vamos po` weon! -dije tomando la ultima gotita que quedaba en el vaso.
Salimos cagados de la risa, corriendo y gritando, hasta que llegamos a una plaza que, al parecer, era la Almagro. Estaba llena de grupos, pero cuando nos acercábamos todos nos miraban feo. Igual nomás, nos metimos a la mala a uno, pero se pararon todos cuando porfiadamente le empecé a pedir la guitarra a uno de los tipos. Yo quedé picao y ya no quedaba nadie en la plaza.
-Puta, quedé caliente, ¿Por qué no vamo a un café con pierna -propuso el Pancho, con un cara que insinuaba que su necesidad era para nosotros una obligación.
La primera vez que fui a un café con piernas fue en segundo medio, a fiinales de las vacaciones de invierno. Recuerdo que esas dos semanas había llovido casi todos los días. Por esa época hacía una revista en el colegio y con el Beto nos juntamos en la Plaza de Armas para que se nos ocurriera algo que escribir.
El tema era definitivo, lo único que habíamos hecho en las dos semanas encerrados en la casa era corrernos la paja y tomar café. “Entre paja y café”, teníamos el tema de la revista, pero no sabíamos qué hacer, hasta que ante nuestros ojos un luminoso: Kafé Makumbá. Nos miramos y la risa estalló.
-Ya dale, entra tu primero.
-¡Sale! Dale tú, a mí se me chupa.
-Pero weon, si tú tenis más careviejo.
-Pero vo eris más alto, po weon.
-Ya mira, entremos los dos al mismo tiempo.
Discutíamos, mientras reíamos de la cara de los viejos que salían de allí.
-Ya, fumemos pa que parezcamos mas grandes.
-¿Y si nos echan?
-Vamos a otro, po weon. ¿Qué nos va a pasar?
En eso se acercó una persona y fue la oportunidad para entrar detrás de él.
-¡¿Por qué no entraste weon?!
-Pero si iba detrás tuyo, po!
Cuando ya llevábamos una hora y media afuera y una cajetilla entera fumada, evaluamos irnos, pero pensamos que, “Kafé Makumbá, se te sirven por atrá”, así es que nos armamos de valor y fue como si estuviésemos en un oasis en el centro de Santiago. Era otro mundo, todos riendo, todos relajados, otro volumen, otra dimensión.
-Que lindos los niñitos -nos decían las minas, peñiscándonos las mejillas igual que la amigas de mi abuela.
Y nosotros, inmóviles observando las curvas, nos mirábamos con cara de a punto de reventar de la risa como diciendo “a onde estaaaaamos, weon”.
Ahora tres años después estoy en la misma situación, pero en calle 10 de julio en un café que es mucho mejor.
Escrito por Ignacio Soto Lobos
-¿Vamos a webear a la gente en la calle?
-Vamos po` weon! -dije tomando la ultima gotita que quedaba en el vaso.
Salimos cagados de la risa, corriendo y gritando, hasta que llegamos a una plaza que, al parecer, era la Almagro. Estaba llena de grupos, pero cuando nos acercábamos todos nos miraban feo. Igual nomás, nos metimos a la mala a uno, pero se pararon todos cuando porfiadamente le empecé a pedir la guitarra a uno de los tipos. Yo quedé picao y ya no quedaba nadie en la plaza.
-Puta, quedé caliente, ¿Por qué no vamo a un café con pierna -propuso el Pancho, con un cara que insinuaba que su necesidad era para nosotros una obligación.
La primera vez que fui a un café con piernas fue en segundo medio, a fiinales de las vacaciones de invierno. Recuerdo que esas dos semanas había llovido casi todos los días. Por esa época hacía una revista en el colegio y con el Beto nos juntamos en la Plaza de Armas para que se nos ocurriera algo que escribir.
El tema era definitivo, lo único que habíamos hecho en las dos semanas encerrados en la casa era corrernos la paja y tomar café. “Entre paja y café”, teníamos el tema de la revista, pero no sabíamos qué hacer, hasta que ante nuestros ojos un luminoso: Kafé Makumbá. Nos miramos y la risa estalló.
-Ya dale, entra tu primero.
-¡Sale! Dale tú, a mí se me chupa.
-Pero weon, si tú tenis más careviejo.
-Pero vo eris más alto, po weon.
-Ya mira, entremos los dos al mismo tiempo.
Discutíamos, mientras reíamos de la cara de los viejos que salían de allí.
-Ya, fumemos pa que parezcamos mas grandes.
-¿Y si nos echan?
-Vamos a otro, po weon. ¿Qué nos va a pasar?
En eso se acercó una persona y fue la oportunidad para entrar detrás de él.
-¡¿Por qué no entraste weon?!
-Pero si iba detrás tuyo, po!
Cuando ya llevábamos una hora y media afuera y una cajetilla entera fumada, evaluamos irnos, pero pensamos que, “Kafé Makumbá, se te sirven por atrá”, así es que nos armamos de valor y fue como si estuviésemos en un oasis en el centro de Santiago. Era otro mundo, todos riendo, todos relajados, otro volumen, otra dimensión.
-Que lindos los niñitos -nos decían las minas, peñiscándonos las mejillas igual que la amigas de mi abuela.
Y nosotros, inmóviles observando las curvas, nos mirábamos con cara de a punto de reventar de la risa como diciendo “a onde estaaaaamos, weon”.
Ahora tres años después estoy en la misma situación, pero en calle 10 de julio en un café que es mucho mejor.
Escrito por Ignacio Soto Lobos
Monday, August 28, 2006
Cagados de la risa
El estomago vacío, la tripa reclamando, llamando a echarse algo al buche después de un sueño corto y una pesadilla bizarra. Nada mejor que un pan con queso, nada mejor que un vaso de leche para calmar el dragón que llevo dentro.
Me encuentro con el refri en ruinas, un poco más y telarañas. Pero en medio mi salvación, un frasco con mermelada, dulce brebaje que calmaría mi hambre de camionero. Sin esperar, parto un pedazo de pan duro y vierto el dulce. Costumbre mía: siempre comer acompañamiento con pan y no pan con acompañamiento. Masco, tomo un sorbo de leche. El bolo alimenticio ya esta listo para ser tragado.
Luego de una ducha corta y helada, de ponerme el empaquetado uniforme y terminar el pan me dispongo a salir a la calle.
En la micro, leo un resto, pero me detengo por un extraño retorcijón. No se comparaba con los de hambre mas bien con los de dolor. No obstante, no tomé en cuenta los malestares hasta la tarde.
Eran las dos y media, nos disponíamos a un paseo al Parque O`Higgins cerca de mi colegio y los malestares se habían agravado: cada vez mas fuertes y constantes, pero el terco pensamiento mío de no poner el trasero en una taza que no fuera la mía, se sobreponía al dolor. Y pasaron las tres y las tres y cuarto, y los retorcijones aumentaban cada vez más. Una intensidad superior a las escalas de Rigter y Mercali, un dolor incomparable, unas contracciones no de vida, sino de muerte y descomposición. Estaba amarillo y sudoroso, mis compañeros me preguntaban qué me pasaba, ya que no me paraba y estaba pálido. Si el calor me hacía mal, mi error se hizo presente contándoles mi pesar cosa que en ellos provoco el efecto de la bomba lacrimógena, lloraron de tanto reír. No pude más y le dije al profe que quería ir al baño.
-¿Qué quiere señor Pacheco? -preguntó el verdugo.
-Quiero ir al baño profe, porfa.
-No lo puedo dejar ir. Si le pasa algo, es mi responsabilidad. Después qué el digo a su familia si se pierde por ahí.
-Porfa profe, no me ve la cara, estoy que me hago -le confesé afligido.
-Pa´ mí que es puro cuento. Cuántas veces me ha mentido, señor Pacheco, diciéndome que va al baño y se va por ahí a capear clase, ¿dígame?.
-Pero esto es distinto, profe. Si no me deja, literalmente dejo la caga acá.
-No puedo. Póngase un corchito o si no apreté le hace bien para la próstata.
Me senté en la banca apretando lo más que podía y pensando en mi próstata; tan fuerte se me iba a poner, pues llevaba toda la mañana aguantando. Fueron tres minutos de tortura los que pasaron en donde el verdugo se ablandó, creo yo, mirando mi cara sudorosa, angustiada. Atrás quedaban los gritos de mis compañeros, que no me vaya a cagar, que si el mojón me estaba escribiendo en los calzoncillos, que si llevaba confort y otra sarta de estupideces.
El trayecto al baño no lo voy a olvidar. No podía correr, tenía que mantener al piernas juntas. Sentí que me violaban, un peso tremendo, un dolor que no se lo doy a nadie.
En el trono, me acordé de “American pie”, la película en donde tanto me reí mirando a uno de los protagonista corriendo al baño del colegio por problemas digestivos provocados por un gracioso compañero de colegio. Él nunca había posado su culito americano en un WC ajeno, al igual que yo. Pero el baño que le toco al actor era mucho mas glamoroso que el cuchitril sucio y lleno de rayados subversivos que me correspondía.
Ahora que estoy livianito pienso en la promesa absurda que me hice, de no situar el trasero en taza ajena y prometo que, si mi fisonomía lo amerita, no me aguantaré, pero como WC propio no hay “¡oh ray!”.
Escrito por Fabián Pacheco
Me encuentro con el refri en ruinas, un poco más y telarañas. Pero en medio mi salvación, un frasco con mermelada, dulce brebaje que calmaría mi hambre de camionero. Sin esperar, parto un pedazo de pan duro y vierto el dulce. Costumbre mía: siempre comer acompañamiento con pan y no pan con acompañamiento. Masco, tomo un sorbo de leche. El bolo alimenticio ya esta listo para ser tragado.
Luego de una ducha corta y helada, de ponerme el empaquetado uniforme y terminar el pan me dispongo a salir a la calle.
En la micro, leo un resto, pero me detengo por un extraño retorcijón. No se comparaba con los de hambre mas bien con los de dolor. No obstante, no tomé en cuenta los malestares hasta la tarde.
Eran las dos y media, nos disponíamos a un paseo al Parque O`Higgins cerca de mi colegio y los malestares se habían agravado: cada vez mas fuertes y constantes, pero el terco pensamiento mío de no poner el trasero en una taza que no fuera la mía, se sobreponía al dolor. Y pasaron las tres y las tres y cuarto, y los retorcijones aumentaban cada vez más. Una intensidad superior a las escalas de Rigter y Mercali, un dolor incomparable, unas contracciones no de vida, sino de muerte y descomposición. Estaba amarillo y sudoroso, mis compañeros me preguntaban qué me pasaba, ya que no me paraba y estaba pálido. Si el calor me hacía mal, mi error se hizo presente contándoles mi pesar cosa que en ellos provoco el efecto de la bomba lacrimógena, lloraron de tanto reír. No pude más y le dije al profe que quería ir al baño.
-¿Qué quiere señor Pacheco? -preguntó el verdugo.
-Quiero ir al baño profe, porfa.
-No lo puedo dejar ir. Si le pasa algo, es mi responsabilidad. Después qué el digo a su familia si se pierde por ahí.
-Porfa profe, no me ve la cara, estoy que me hago -le confesé afligido.
-Pa´ mí que es puro cuento. Cuántas veces me ha mentido, señor Pacheco, diciéndome que va al baño y se va por ahí a capear clase, ¿dígame?.
-Pero esto es distinto, profe. Si no me deja, literalmente dejo la caga acá.
-No puedo. Póngase un corchito o si no apreté le hace bien para la próstata.
Me senté en la banca apretando lo más que podía y pensando en mi próstata; tan fuerte se me iba a poner, pues llevaba toda la mañana aguantando. Fueron tres minutos de tortura los que pasaron en donde el verdugo se ablandó, creo yo, mirando mi cara sudorosa, angustiada. Atrás quedaban los gritos de mis compañeros, que no me vaya a cagar, que si el mojón me estaba escribiendo en los calzoncillos, que si llevaba confort y otra sarta de estupideces.
El trayecto al baño no lo voy a olvidar. No podía correr, tenía que mantener al piernas juntas. Sentí que me violaban, un peso tremendo, un dolor que no se lo doy a nadie.
En el trono, me acordé de “American pie”, la película en donde tanto me reí mirando a uno de los protagonista corriendo al baño del colegio por problemas digestivos provocados por un gracioso compañero de colegio. Él nunca había posado su culito americano en un WC ajeno, al igual que yo. Pero el baño que le toco al actor era mucho mas glamoroso que el cuchitril sucio y lleno de rayados subversivos que me correspondía.
Ahora que estoy livianito pienso en la promesa absurda que me hice, de no situar el trasero en taza ajena y prometo que, si mi fisonomía lo amerita, no me aguantaré, pero como WC propio no hay “¡oh ray!”.
Escrito por Fabián Pacheco
Derecho de admisión
No frecuento lugares de baja estofa y mala fama. No por algún tipo de arribismo adolescente. Pero me apestan esos púberes que no le han ganado a nadie y se dan el lujo de creerse “exclusivos”. Yo más bien no voy a esos lugares por que, como el público que los frecuentan, tratan a toda costa de aparentar algo que no son. Tampoco tengo ningún dejo de punk rancio street fighter, pero esa noche, la del cumpleaños de Silvia, había botellón de mil doscientos en el parque Bustamante. Rodeado de casi punks, casi lesbianas, casi maricones, casi gente. Así como la Silvia.
A las doce habíamos tomado bastante, así es que todos parecían mas decentes ante mis borrachos ojos. Pero igual había que encontrar algo que hacer. Y un tipo digno de concursar como doble del doble chileno de Madonna dijo:
-Yo sé de una disco donde dejan entrar gratis y es piola.
Caminamos por Plaza Italia y Parque Forestal. Pese a que es bien sabido que a esas horas en el parque las cosas se ponen color de hormiga.
Llegamos a una calle cercana a Bellavista y, a la entrada, una argentina nos invitó a pasar.
-Es gratis -dijo, y seguimos por un pasillo, particularmente adornado con iluminados cuadros como de películas porno, pero gay y ordinariamente photoshopeados.
-Esta hueá es un cine porno hueon –observé.
-No hueon, si es parte de la decoración.
-Ah,
Siempre digo “ah”, cuando debería haber dicho algo genial e irónico.
-Pero igual es una disco gay.
-¿Y qué tanta hueá? -dijo Silvia un tanto apestada-. ¿Te molesta?
Y yo nada en contra de las discos gay, sólo que no son de mi agrado.
-El que yo sea maricón no me obliga a gustar de estas mierdas –repliqué, mientras aumentaba el volumen de Cher, conforme nos acercábamos a la entrada grande. En la misma entrada un guardia nos paró en seco:
-Ustedes dos no pueden entrar: son “heteros”.
-¿Qué mierda? ¿Acaso no veís mi polera Zara con brillantes? –retruqué con voz de yegua.
-Ya. pero venís con una mina.
-Es lesbiana.
-No te creo. Ella es delicada, se nota.
Al fin de un largo rato de discutir, llegamos a un acuerdo: podíamos ingresar si le comprábamos un completo al guardia. Él no podía moverse de ahí y su naturaleza gorila le pedía a gritos (bastante heterosexuales, eso sí) un completo bien grasiento y nada de gay, como todo lo que había en esa disco.
-Harto surrealista tu cumpleaños -le comenté a la Silvia, y me tiró una oreja.
Después de ese pequeño trámite, entramos para encontrarnos con una caja de fósforos, o quizás mas pequeña aún, llena de maricones patéticos que esperaban con ansias que alguien más joven, más lindo, más grande, más todo. O al menos decente, los tomara en cuenta. Bailamos un rato y nos cansamos. Para sentirnos cómodos, dejamos los bolsos en el suelo. No alcanzamos a terminar de bailar una canción de Madonna, cuando aparece el guardia y nos empuja, para decirnos con rabia inexplicable:
-¡Heteros de mierda!¿ Acaso no saben que aquí tenemos guardarropía?
-¿Y qué tiene? Es un bolso. Además, es mi derecho de blah blah blah blah.
Y ahí solté todo mi discurso sobre el estereotipo y el consumismo. Discurso que nos hizo salir a patadas literales.
Antes de dejarnos en la calle, nos gritó:
-¡Este es un lugar decente!
Ya afuera, Silvia me mira con cara de odio y de “nunca más salgo contigo”. Y desde ese día que no la he visto y esa disco parece que la cerraron por un control de sanidad.
Escrito por Leonardo Quezada
A las doce habíamos tomado bastante, así es que todos parecían mas decentes ante mis borrachos ojos. Pero igual había que encontrar algo que hacer. Y un tipo digno de concursar como doble del doble chileno de Madonna dijo:
-Yo sé de una disco donde dejan entrar gratis y es piola.
Caminamos por Plaza Italia y Parque Forestal. Pese a que es bien sabido que a esas horas en el parque las cosas se ponen color de hormiga.
Llegamos a una calle cercana a Bellavista y, a la entrada, una argentina nos invitó a pasar.
-Es gratis -dijo, y seguimos por un pasillo, particularmente adornado con iluminados cuadros como de películas porno, pero gay y ordinariamente photoshopeados.
-Esta hueá es un cine porno hueon –observé.
-No hueon, si es parte de la decoración.
-Ah,
Siempre digo “ah”, cuando debería haber dicho algo genial e irónico.
-Pero igual es una disco gay.
-¿Y qué tanta hueá? -dijo Silvia un tanto apestada-. ¿Te molesta?
Y yo nada en contra de las discos gay, sólo que no son de mi agrado.
-El que yo sea maricón no me obliga a gustar de estas mierdas –repliqué, mientras aumentaba el volumen de Cher, conforme nos acercábamos a la entrada grande. En la misma entrada un guardia nos paró en seco:
-Ustedes dos no pueden entrar: son “heteros”.
-¿Qué mierda? ¿Acaso no veís mi polera Zara con brillantes? –retruqué con voz de yegua.
-Ya. pero venís con una mina.
-Es lesbiana.
-No te creo. Ella es delicada, se nota.
Al fin de un largo rato de discutir, llegamos a un acuerdo: podíamos ingresar si le comprábamos un completo al guardia. Él no podía moverse de ahí y su naturaleza gorila le pedía a gritos (bastante heterosexuales, eso sí) un completo bien grasiento y nada de gay, como todo lo que había en esa disco.
-Harto surrealista tu cumpleaños -le comenté a la Silvia, y me tiró una oreja.
Después de ese pequeño trámite, entramos para encontrarnos con una caja de fósforos, o quizás mas pequeña aún, llena de maricones patéticos que esperaban con ansias que alguien más joven, más lindo, más grande, más todo. O al menos decente, los tomara en cuenta. Bailamos un rato y nos cansamos. Para sentirnos cómodos, dejamos los bolsos en el suelo. No alcanzamos a terminar de bailar una canción de Madonna, cuando aparece el guardia y nos empuja, para decirnos con rabia inexplicable:
-¡Heteros de mierda!¿ Acaso no saben que aquí tenemos guardarropía?
-¿Y qué tiene? Es un bolso. Además, es mi derecho de blah blah blah blah.
Y ahí solté todo mi discurso sobre el estereotipo y el consumismo. Discurso que nos hizo salir a patadas literales.
Antes de dejarnos en la calle, nos gritó:
-¡Este es un lugar decente!
Ya afuera, Silvia me mira con cara de odio y de “nunca más salgo contigo”. Y desde ese día que no la he visto y esa disco parece que la cerraron por un control de sanidad.
Escrito por Leonardo Quezada
Thursday, August 24, 2006
Encuentro peatonal
-Hace frío. ¿Tómame la mano?
-¿Para qué?
-No sé. Para que piensen que somos pololos.
-¿Estai curá, Raquel?
-No, ya no.
-¿Querí comer algo?
-No, nada. ¿Salgamos un rato?
Quería salir. Habíamos llegado recién, pero ya era hora de darle fin al sorpresivo y agitado tour etílico que veníamos haciendo desde la hora del almuerzo, cuando me lo encontré pateando la perra por la Avenida Central y sin siquiera proponerlo, nos metimos a cuanto bar abierto encontrábamos en el camino. El plan era que apenas se vaciara la última botella, tenía que tomar el bolso y entrar al baño. Él mientras se paraba, dejaba algo en la mesa simulando la propina o algo así, pedía fuego en cualquier mesa que estuviera bien lejos de la nuestra y lo más rápido que pudiéramos nos encontraríamos en la puerta. Y así la misma hazaña en todos los demás.
Este loco estaba bien loco. Por eso me gustaba; por eso mismo apagaba el teléfono cuando estaba con él para no perderme detalle, y por eso también no me daba ni cuenta cuando no alcanzaba a vaciar el vaso y ya estaba hasta el tope otra vez. Tenía ese “qué sé yo que no sé qué”, una capacidad de emborracharte la perdiz totalmente innata. Podía convencerte de cambiar el “mierda” por un “Pinochet” en el “viva Chile” en un dos por tres y así mismo te ponía a vociferar con él un “correlé, correlé, correlá”.
Después de la enésima hazaña del perro muerto, me ayudó a poner en línea los sentidos y la cabeza en alto “siempre digna, Raquel”, me decía la Cynthia en estos casos, “cuenta hasta tres”, “¡mentalízate hueona!”. Me daba la puerta y su mano sobre mi hombro un gusto a tentación insoslayable, a una especie de purgatorio con luces rojas al poco apetito que de un tiempo a esta parte he tenido por la aventura. Tú me dices cuánto. ¡Hasta ahí! ¿Cola o blanca?. Así solito nomás, total a estas alturas qué más me puede hacer. Su mirada cómplice y un tanto extrañada, el vaso a medio llenar y mis manos acaloradas eran la perfecta atmósfera para proponerle pasar la noche en su cama con esta fulana que no quería dormir sola, pero había que esperar a que terminara de contarme una historia de no sé que cosa que venía balbuceando, hace más de media hora. “Hay que creerle la mitad a este nomás”, “es más cuentero”, decían todas, pero todas esas eran lenguas venenosas, envidiosas. Todas andaban tras él.
-¡Corre!
Me agarro fuerte la muñeca, el semáforo daba la luz para cruzar, pero así de rápido como íbamos en la mitad de la calle me soltó la mano y se tiró al suelo, ocupando dos franjas del paso peatonal.
-Acuéstate conmigo.
En ese momento hubiese cambiado las franjas por la pálida decoración de las sábanas, pero no lo pensé ni media vez y ya estaba recostada también. Quedamos pegados hombro con hombro.
-¿Cuánto se demora en cambiar la luz?
-No sé. No importa. Apenas sintamos un auto o uno de los dos vea las luces nos echamos a correr.
-¿Estai comiendo chicle?. Dame.
Me puso entonces, en frente la boca entreabierta, me mostró el miserable y roñoso chicle, todo masticado y que seguramente ya no tenía ni sabor. Pero me lo encontré tan cerca que, un poco por condescender, me puse frente a frente. No importa, le dije, no soy mañosa. Entonces, de un momento a otro, como si ya tuviera uno de los extremos de ese chicle peliento entre los dientes me aventuré, pero apenas llegué a rozar su aliento alcoholizado, ahora subversivo, el chicle desapareció, se lo metió de un sopetón a la boca. Pero eso ya no me importaba. Y ahí. Ahí mismito, recostados en medio paso peatonal me besó, importándole bien poco si había más gente, lo que fueran a decir si alguien conocido nos veía, la oleada de bocinas que de la nada orquestó, sin ton ni son, el paréntesis. Nunca le ha importado, siempre ha tenido un instinto desorbitado por el desenfreno. Me volví sorda y muda, la gente seguía gritando, pero con ese chicle mugriento que más que sabor a menta, tenía gusto a ron, ya tenía lo que quería.
Escrito por Raquel Pinares.
-¿Para qué?
-No sé. Para que piensen que somos pololos.
-¿Estai curá, Raquel?
-No, ya no.
-¿Querí comer algo?
-No, nada. ¿Salgamos un rato?
Quería salir. Habíamos llegado recién, pero ya era hora de darle fin al sorpresivo y agitado tour etílico que veníamos haciendo desde la hora del almuerzo, cuando me lo encontré pateando la perra por la Avenida Central y sin siquiera proponerlo, nos metimos a cuanto bar abierto encontrábamos en el camino. El plan era que apenas se vaciara la última botella, tenía que tomar el bolso y entrar al baño. Él mientras se paraba, dejaba algo en la mesa simulando la propina o algo así, pedía fuego en cualquier mesa que estuviera bien lejos de la nuestra y lo más rápido que pudiéramos nos encontraríamos en la puerta. Y así la misma hazaña en todos los demás.
Este loco estaba bien loco. Por eso me gustaba; por eso mismo apagaba el teléfono cuando estaba con él para no perderme detalle, y por eso también no me daba ni cuenta cuando no alcanzaba a vaciar el vaso y ya estaba hasta el tope otra vez. Tenía ese “qué sé yo que no sé qué”, una capacidad de emborracharte la perdiz totalmente innata. Podía convencerte de cambiar el “mierda” por un “Pinochet” en el “viva Chile” en un dos por tres y así mismo te ponía a vociferar con él un “correlé, correlé, correlá”.
Después de la enésima hazaña del perro muerto, me ayudó a poner en línea los sentidos y la cabeza en alto “siempre digna, Raquel”, me decía la Cynthia en estos casos, “cuenta hasta tres”, “¡mentalízate hueona!”. Me daba la puerta y su mano sobre mi hombro un gusto a tentación insoslayable, a una especie de purgatorio con luces rojas al poco apetito que de un tiempo a esta parte he tenido por la aventura. Tú me dices cuánto. ¡Hasta ahí! ¿Cola o blanca?. Así solito nomás, total a estas alturas qué más me puede hacer. Su mirada cómplice y un tanto extrañada, el vaso a medio llenar y mis manos acaloradas eran la perfecta atmósfera para proponerle pasar la noche en su cama con esta fulana que no quería dormir sola, pero había que esperar a que terminara de contarme una historia de no sé que cosa que venía balbuceando, hace más de media hora. “Hay que creerle la mitad a este nomás”, “es más cuentero”, decían todas, pero todas esas eran lenguas venenosas, envidiosas. Todas andaban tras él.
-¡Corre!
Me agarro fuerte la muñeca, el semáforo daba la luz para cruzar, pero así de rápido como íbamos en la mitad de la calle me soltó la mano y se tiró al suelo, ocupando dos franjas del paso peatonal.
-Acuéstate conmigo.
En ese momento hubiese cambiado las franjas por la pálida decoración de las sábanas, pero no lo pensé ni media vez y ya estaba recostada también. Quedamos pegados hombro con hombro.
-¿Cuánto se demora en cambiar la luz?
-No sé. No importa. Apenas sintamos un auto o uno de los dos vea las luces nos echamos a correr.
-¿Estai comiendo chicle?. Dame.
Me puso entonces, en frente la boca entreabierta, me mostró el miserable y roñoso chicle, todo masticado y que seguramente ya no tenía ni sabor. Pero me lo encontré tan cerca que, un poco por condescender, me puse frente a frente. No importa, le dije, no soy mañosa. Entonces, de un momento a otro, como si ya tuviera uno de los extremos de ese chicle peliento entre los dientes me aventuré, pero apenas llegué a rozar su aliento alcoholizado, ahora subversivo, el chicle desapareció, se lo metió de un sopetón a la boca. Pero eso ya no me importaba. Y ahí. Ahí mismito, recostados en medio paso peatonal me besó, importándole bien poco si había más gente, lo que fueran a decir si alguien conocido nos veía, la oleada de bocinas que de la nada orquestó, sin ton ni son, el paréntesis. Nunca le ha importado, siempre ha tenido un instinto desorbitado por el desenfreno. Me volví sorda y muda, la gente seguía gritando, pero con ese chicle mugriento que más que sabor a menta, tenía gusto a ron, ya tenía lo que quería.
Escrito por Raquel Pinares.
Por la boca murió el pez
-Hola, Fran, flaquita, soy el Lucas. Te hablo rápido porque llamo de celular. Vas malas lenguas me dijeron que estabas en Valpo, y yo y un amigo también. Además, no tengo donde quedarme. ¿Qué te parece si nos juntamos en 20 minutos en la Plaza Sotomayor?
Este simple llamado me desconcertó por completo. Una llamada extraña, llena de misterio. Mi mente, aún con algo de ingenuidad, no se había percatado que dios había puesto en mi desviado camino un alma pecadora.
Veinte minutos después llegué a esa concurrida plaza, donde la noche pasada habían disfrutado millones de personas la música de los Carnavales Culturales.
A lo lejos, vi a un hombre, bueno, no tenía muy claro si era un hombre o una mujer. Estaba vestido(da) con un polerón fucsia fluorescente. Por su caminar descubrí que era Lucas.
Me fui acercando lentamente. De aquí hasta lo próximos 20 segundos todo resultó como una de las peores pesadillas. Quizás, el cielo se oscureció, y los rostros de las personas que pasaban frente a mí se desformaron con cada paso que daba. Todo fue una ilusión.
A un lado de Lucas, sentado en el suelo estaba Francisco. Como de costumbre, saludé cínicamente, algo que no me resulta difícil en las situaciones incómodas.
Después de engañarme con su mejor amigo, Alexis. Después de repetirme hasta el cansancio que era una alcohólica sin remedio. Después de alejarme del bendito camino de la luz. Después de dejar embarazada a una perra X estando conmigo. Después de invitarme al zoológico a un lindo paseo con la intención de practicar sus poses y movimientos animalescos conmigo. Y por último pero no menos terrible, ser el causante de estar sumida a 2 citas a la semana con el psiquiatra.
Aparece así, como si nada con cara de Feliz Año Nuevo y quiero recordar viejos tiempos contigo para celebrar. Le di un amistoso beso en la mejilla, la técnica para regresar al camino de las buenas ovejas era perdonar.
Seis horas más tarde, nos fuimos los tres, bien perfumados a buscar vida nocturna por aquellas calles, aquellos callejones del mítico Valparaíso, esas esquinas donde se ve escrito "zona de burdel". Tomamos rumbo a uno de esos bares picantes de las calles aledañas.
Tras docenas de cervezas y un par de chorrillanas, un calor invadió mi cuerpo y salimos del lugar. La adrenalina se vivía, al atravesar las calles corriendo y no caerse de la monumental escalera que con osadía nos guió a nuestra humilde habitación.
Dos colchones, tres sacos de dormir, un vodka y aquella botella de jugo Watt's boca ancha... Creo que la puerta se abrió, porque de aquí el recuerdo tiene es su alrededor nubecitas blancas:
La tía loca de la pensión dijo:
-Chiquillos, ¿cuando van a acostarse?
Una voz lejana respondió:
-Luego tía, el copete se está acabando.
El portazo hizo retumbar mi cabeza y me llevó al estado del nirvana: la puerta jamás se abrió, gente desconocida con caras desformas trataban de abrir la puerta, Me sentía como un vil animal observado por los demás. Cada movimiento era seguido por miles de ojos.
Mis ojos y mis oídos ya no podían más. La gente que observaba se marchó, y llegó la hora de dormir acompañada con unas locas ganas de vaciar la vejiga.
Traté de tranquilizarme, pero al ver a mis dos acompañantes meando en aquella botella de Watt's boca ancha, me hizo decir:
-Francisco, acércame la botella.
La tomé con mis dos manos. El plástico estaba tibio y su contenido burbujeante. Me fui a un cuartucho de aseo de la misma habitación, me subí la falda y me bajé las pantys, invoqué a todos los santos y a las fuerzas sobrenaturales para acertar en la boca ancha. Risas se escucharon.
-Oye huevón, no sé si es mi idea, pero creo que la Fran nos ha estado engañando todo este tiempo.
-Sí, parece que es hombre, huevón. Tiene mejor técnica que nosotros.
Salí radiante, con botella en mano, hasta otro aire se respiraba. Alguien lanzó la botella y su contenido por la ventana.
El secreto se guardaría para siempre, porque –como dice el refrán- “por la boca ancha muere el pez”.
Escrito por Francis "boca ancha" Villegas
Este simple llamado me desconcertó por completo. Una llamada extraña, llena de misterio. Mi mente, aún con algo de ingenuidad, no se había percatado que dios había puesto en mi desviado camino un alma pecadora.
Veinte minutos después llegué a esa concurrida plaza, donde la noche pasada habían disfrutado millones de personas la música de los Carnavales Culturales.
A lo lejos, vi a un hombre, bueno, no tenía muy claro si era un hombre o una mujer. Estaba vestido(da) con un polerón fucsia fluorescente. Por su caminar descubrí que era Lucas.
Me fui acercando lentamente. De aquí hasta lo próximos 20 segundos todo resultó como una de las peores pesadillas. Quizás, el cielo se oscureció, y los rostros de las personas que pasaban frente a mí se desformaron con cada paso que daba. Todo fue una ilusión.
A un lado de Lucas, sentado en el suelo estaba Francisco. Como de costumbre, saludé cínicamente, algo que no me resulta difícil en las situaciones incómodas.
Después de engañarme con su mejor amigo, Alexis. Después de repetirme hasta el cansancio que era una alcohólica sin remedio. Después de alejarme del bendito camino de la luz. Después de dejar embarazada a una perra X estando conmigo. Después de invitarme al zoológico a un lindo paseo con la intención de practicar sus poses y movimientos animalescos conmigo. Y por último pero no menos terrible, ser el causante de estar sumida a 2 citas a la semana con el psiquiatra.
Aparece así, como si nada con cara de Feliz Año Nuevo y quiero recordar viejos tiempos contigo para celebrar. Le di un amistoso beso en la mejilla, la técnica para regresar al camino de las buenas ovejas era perdonar.
Seis horas más tarde, nos fuimos los tres, bien perfumados a buscar vida nocturna por aquellas calles, aquellos callejones del mítico Valparaíso, esas esquinas donde se ve escrito "zona de burdel". Tomamos rumbo a uno de esos bares picantes de las calles aledañas.
Tras docenas de cervezas y un par de chorrillanas, un calor invadió mi cuerpo y salimos del lugar. La adrenalina se vivía, al atravesar las calles corriendo y no caerse de la monumental escalera que con osadía nos guió a nuestra humilde habitación.
Dos colchones, tres sacos de dormir, un vodka y aquella botella de jugo Watt's boca ancha... Creo que la puerta se abrió, porque de aquí el recuerdo tiene es su alrededor nubecitas blancas:
La tía loca de la pensión dijo:
-Chiquillos, ¿cuando van a acostarse?
Una voz lejana respondió:
-Luego tía, el copete se está acabando.
El portazo hizo retumbar mi cabeza y me llevó al estado del nirvana: la puerta jamás se abrió, gente desconocida con caras desformas trataban de abrir la puerta, Me sentía como un vil animal observado por los demás. Cada movimiento era seguido por miles de ojos.
Mis ojos y mis oídos ya no podían más. La gente que observaba se marchó, y llegó la hora de dormir acompañada con unas locas ganas de vaciar la vejiga.
Traté de tranquilizarme, pero al ver a mis dos acompañantes meando en aquella botella de Watt's boca ancha, me hizo decir:
-Francisco, acércame la botella.
La tomé con mis dos manos. El plástico estaba tibio y su contenido burbujeante. Me fui a un cuartucho de aseo de la misma habitación, me subí la falda y me bajé las pantys, invoqué a todos los santos y a las fuerzas sobrenaturales para acertar en la boca ancha. Risas se escucharon.
-Oye huevón, no sé si es mi idea, pero creo que la Fran nos ha estado engañando todo este tiempo.
-Sí, parece que es hombre, huevón. Tiene mejor técnica que nosotros.
Salí radiante, con botella en mano, hasta otro aire se respiraba. Alguien lanzó la botella y su contenido por la ventana.
El secreto se guardaría para siempre, porque –como dice el refrán- “por la boca ancha muere el pez”.
Escrito por Francis "boca ancha" Villegas
Saturday, August 19, 2006
Antivisita
Cuando Javier nos invitó a Kati y mí a la casa de su hermano, en Las Cruces, pensé que era sólo con la intención de sacarnos del estrés santiaguino. Y como nunca niego una invitación a la playa, llegamos a la estación de metro Pajaritos y nos instalamos esperando que un automovilista se apiadara de estos tres jóvenes zaparrastrosos y nos llevara hacia el litoral.
Establecidos en la casa del hermano playero de Javier, salimos a pasear y a buscar "vida marina" entre las rocas. De pronto, mientras bajábamos, Javier dobla inesperadamente por una esquina y se detiene frente a una casa antigua pero muy bonita que tenía un furgón tipo pan de molde estacionado afuera.
-Llegamos -nos dice.
Al ver nuestra cara de desconcierto nos explica que el viaje a Las Cruces era especialmente porque quería ir a ver a Parra. ¡A Nicanor Parra! Estábamos nada menos que frente a la casa de Nicanor Parra y al lado del Parramóvil, como él mismo le dice a su furgón.
-No les quise contar antes para no ilusionarlas... en una de ésas, no encontraba la casa y se habrían quedado con los crespos hechos -se disculpó.
Después de gritar varios ¡aló! desde la reja, se abre la ventana que parecía ser del baño y aparece don Nica con el dorso desnudo, exhibiendo una divertida quemada de camionero. Lo saludamos, y él respondió haciendo un tímido ademán con la mano al estilo paz. Cuando le dijimos que veníamos solamente a visitarle, nos dijo que por favor volviéramos más tarde, ahora se estaba preparando para una ducha. Le propusimos volver dentro de una hora y media y él estuvo de acuerdo.
Mientras esperábamos, continuamos el viaje en busca de "vida marina", sin dejar de comentar lo increíble que es Parra, y ¡quién iba a pensar que estaríamos conversando con don Nica en su propia casa!
Una hora y media más tarde - tiempo que se nos hizo eterno- llegamos otra vez a la casa del antipoeta. Sonaba un tango de Piazzola muy fuerte y era difícil que lograra escucharnos. Después de mucho gritar nos dimos cuenta de que nos había oído, porque apagó la música y cerró las cortinas sin asomarse: no quería hablar con nosotros. ¡Igual nos quedamos con los crespos hechos!
Bueno... mal que mal, de Nicanor Parra se puede esperar cualquier cosa. Tal vez otro día nos aparezcamos por allá.
Escrito por Paula Guaquiante
Establecidos en la casa del hermano playero de Javier, salimos a pasear y a buscar "vida marina" entre las rocas. De pronto, mientras bajábamos, Javier dobla inesperadamente por una esquina y se detiene frente a una casa antigua pero muy bonita que tenía un furgón tipo pan de molde estacionado afuera.
-Llegamos -nos dice.
Al ver nuestra cara de desconcierto nos explica que el viaje a Las Cruces era especialmente porque quería ir a ver a Parra. ¡A Nicanor Parra! Estábamos nada menos que frente a la casa de Nicanor Parra y al lado del Parramóvil, como él mismo le dice a su furgón.
-No les quise contar antes para no ilusionarlas... en una de ésas, no encontraba la casa y se habrían quedado con los crespos hechos -se disculpó.
Después de gritar varios ¡aló! desde la reja, se abre la ventana que parecía ser del baño y aparece don Nica con el dorso desnudo, exhibiendo una divertida quemada de camionero. Lo saludamos, y él respondió haciendo un tímido ademán con la mano al estilo paz. Cuando le dijimos que veníamos solamente a visitarle, nos dijo que por favor volviéramos más tarde, ahora se estaba preparando para una ducha. Le propusimos volver dentro de una hora y media y él estuvo de acuerdo.
Mientras esperábamos, continuamos el viaje en busca de "vida marina", sin dejar de comentar lo increíble que es Parra, y ¡quién iba a pensar que estaríamos conversando con don Nica en su propia casa!
Una hora y media más tarde - tiempo que se nos hizo eterno- llegamos otra vez a la casa del antipoeta. Sonaba un tango de Piazzola muy fuerte y era difícil que lograra escucharnos. Después de mucho gritar nos dimos cuenta de que nos había oído, porque apagó la música y cerró las cortinas sin asomarse: no quería hablar con nosotros. ¡Igual nos quedamos con los crespos hechos!
Bueno... mal que mal, de Nicanor Parra se puede esperar cualquier cosa. Tal vez otro día nos aparezcamos por allá.
Escrito por Paula Guaquiante